Hay una reunión que se repite, con pequeñas variaciones, en muchos comités de dirección. Todos saben que un puesto directivo no está funcionando. Se nota en los resultados, en el ambiente del equipo, en las conversaciones de pasillo que nunca llegan a la sala donde se toman las decisiones. Y sin embargo, en la reunión oficial, el tema se rodea, no se aborda. "Hay que reforzar el equipo." "Quizás necesita más apoyo." "Démosle un trimestre más."
Sustituir a un directivo/a es de las decisiones que más se posponen en el mundo corporativo. Y se pospone porque mezcla lo profesional con lo personal de una forma que ninguna otra decisión de negocio replica.
Cuando el bajo rendimiento aparece en una línea de producción, en un proveedor o en un proceso operativo, la corrección suele ser rápida: se identifica, se analiza, se actúa. Cuando el problema es una persona con la que el resto del comité tiene relación, historia compartida y, muchas veces, aprecio genuino, todo se ralentiza.
A esto se suma algo que casi nunca se dice en voz alta: quien decidió incorporar o promocionar a ese directivo suele seguir sentado en la misma sala donde ahora se discute su continuidad. Reconocer que no está funcionando puede sentirse como reconocer un error propio. Y eso, aunque nadie lo verbalice, frena decisiones que deberían tomarse meses antes.
Saber cuándo cambiar a un director casi nunca es cuestión de intuición. Depende de señales concretas, sostenidas en el tiempo, que muchos comités identifican pero prefieren no nombrar.
Hay un patrón reconocible en las organizaciones que retrasan esta decisión más de lo razonable:
Ninguna señal por separado es determinante. Juntas, y mantenidas en el tiempo, casi siempre indican que la organización ya conoce la respuesta. Solo falta permitirse actuar sobre ella.
Cada trimestre que se retrasa esta decisión tiene un coste que casi nunca se cuantifica, pero que es real: en los resultados del área afectada, en la credibilidad del propio comité ante el resto de la organización, y en la retención del talento que reporta a ese directivo/a y que observa, día a día, la falta de acción.
Hay un coste todavía menos visible. Cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta separar la decisión profesional de la carga emocional acumulada. Lo que podría haberse resuelto como un ajuste organizativo razonable termina convirtiéndose en una ruptura más costosa y más visible para toda la empresa.
Si al leer esto reconoces la dinámica en tu propio comité, probablemente ya sabes que esperar un trimestre más no va a cambiar el diagnóstico. Vale la pena parar y mirarlo con alguien que no esté sentado en esa sala.
Aquí es donde una mirada externa aporta algo que el propio comité, por su cercanía a la situación, difícilmente puede darse a sí mismo. No se trata de que un consultor externo decida por la organización. Se trata de ayudar a separar dos preguntas que, dentro del comité, tienden a mezclarse hasta bloquear cualquier avance:
Cuando ambas preguntas se abordan juntas, sin estructura, el resultado suele ser la parálisis. Separadas, cada una se resuelve con el rigor que merece.
Elegir bien entre ellas depende del contexto:
En muchos casos, la combinación de ambos (una cobertura interina inmediata mientras se ejecuta una búsqueda directiva con criterio) es la solución que mejor protege la continuidad operativa y la calidad de la decisión final.
En Servitalent ayudamos a los comités de dirección a dar el paso que la propia dinámica interna dificulta: nombrar la decisión, separarla de la carga emocional que la rodea, y ejecutarla con el rigor y la rapidez que la situación exige.